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Emile Boyrie de Moya

Primer arqueólogo dominicano, fundador del Instituto Dominicano de Investigaciones Antropológicas (INDIA).

Emile Boyrie De Moya

(25 de junio de 1903 - 30 de mayo de 1967)

Primer arqueólogo dominicano. Nació en Sánchez (Samaná) y murió en Santo Domingo. Fundador del Instituto Dominicano de Investigaciones Antropológicas (INDIA) en 1947. Dedicó más de 40 años a la investigación y estudió más de 50 sitios arqueológicos del país. Fue el realizador del primer proyecto de desarrollo artesanal vinculado a la cultura y el turismo. Su estudio sobre la plaza ceremonial de Chacuey, en Montecristi (1955), es modelo del informe arqueológico. Realizó estudios de sitios coloniales como  La Isabela, la casa de Ponce de León, La Vega Vieja, Jacagua, Jánico y Punta Torrecilla. Miembro de la Academia Dominicana de la Historia. Legó al país la colección de piezas arqueológicas más completa

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Emile De Boyrie De Moya nació el 25 de junio de 1903 en Sánchez, hijo de Louis De Boyrie y Mercedes De Moya. Realizó sus estudios profesionales en Francia, donde se formó como ingeniero civil, formación que definiría una de las dos grandes vocaciones de su vida: la construcción y, con el tiempo, la arqueología. El 11 de febrero de 1933 casó en Puerto Plata con Marina Camps Brugal, con quien tuvo tres hijos: Tania, Emile Andrés y Marinita.

Como ingeniero, De Boyrie dejó su huella en algunas de las edificaciones más importantes de Santo Domingo, intervino en la construcción del antiguo parque zoológico, la Maternidad Nuestra Señora de la Altagracia, el palacio de Bellas Artes, el local del Partido Dominicano, el hospital de Samaná y en casi todas las escuelas públicas del país. Fue además escritor, pintor y músico, un hombre polifacético que, según recordaría después su hijo Emile Andrés, andaba la República entera enamorado del paisaje dominicano.

 

Pero fue en la arqueología donde encontró su faceta más destacada y recordada. Sin que existiera entonces la posibilidad de estudiar la disciplina formalmente en el país, De Boyrie se convirtió en el prototipo del científico natural, autodidacta, que recorrió el territorio dominicano siguiendo la senda de los aborígenes ( Juan Dolio, La Romana, Puerto Plata, Luperón, Montecristi, Dajabón, Guayacanes, Ámina, Samaná, Los Hidalgos, Gurabo, Hatillo Palma, Santiago Rodríguez, Palmarejo, San José de Ocoa y Valverde) se internó en cavernas, escaló montañas y vadeó ríos en busca de caritas, botijas, cerámicas, amuletos, ollas, burenes, majadores y collares taínos.

Lo acompañaban con frecuencia su hijo Emile Andrés y su sobrino Wenceslao Vega Boyrie, quienes años después recordarían esas travesías —para ellos, excursiones de juventud; para él, adicción y amor por la naturaleza— cargando los picos, palas, cedazos y brochas que eran sus instrumentos de trabajo.

Uno de los hallazgos centrales de su carrera ocurrió en Chacuey, Partido, donde dedicó una Semana Santa completa a la exploración y descubrió una plaza ceremonial rodeada de piedras y una calzada hacia el río Chacuey, poblada de caritas líticas. De esa investigación surgió su obra cumbre, Monumentos Megalíticos de Chacuey, considerado el primer trabajo científico dominicano con una verdadera estrategia de análisis arqueológico, y que lo consolidó como el primer investigador del país en aplicar métodos sistemáticos a la disciplina.

Su obsesión por documentar cada hallazgo (limpiar, fotografiar, clasificar, describir y ubicar cada pieza en su época y su uso) le permitió reunir, a lo largo de cuatro décadas, la colección privada de arte taíno más extensa de toda América: más de siete mil piezas que conservó hasta su muerte y que su familia donó posteriormente al Museo del Hombre Dominicano, donde permanecen expuestas.

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Esa pasión coleccionista tuvo también un costo personal: cuando no disponía de dinero para adquirir una pieza, De Boyrie ofrecía a cambio sus propias camisas, pantalones o trajes de gala. Y cuando ni eso alcanzaba, recurría a amigos como José Antonio Caro, Rafael Esteva o Pepe Armenteros para que las compraran en su nombre y evitar así que salieran del país. Esa lucha por preservar el patrimonio arqueológico dominicano frente al coleccionismo extranjero fue, según su hijo, un dolor tremendo para él, y a instancias suyas el gobierno de Rafael Leónidas Trujillo dictó la ley que prohíbe la salida del país de las piezas arqueológicas nacionales, una de sus contribuciones institucionales más duraderas.

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Fue director de Bellas Artes y fundador del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Antropológicas de la Universidad de Santo Domingo, cargo desde el cual impulsó el estudio formal de la disciplina en el país. Publicó, entre otros títulos, El monumento megalítico de Chacuey, monografías sobre la cueva de Los Paredones de La Caleta y sobre la Casa de Juan Ponce de León en Boca de Yuma, Ensayos sobre nuestros indios y el mar y La posición cultural de Santo Domingo en la arqueología Indo-Antillana, además de su Discurso de ingreso en la Academia Dominicana de la Historia, de la que fue miembro.

Tras cuarenta años dedicados a la investigación arqueológica, Emile De Boyrie De Moya falleció el 30 de mayo de 1967, a los 63 años de edad. Su legado sigue vivo en el Museo del Hombre Dominicano, que resguarda la colección que reunió a lo largo de su vida, y en el nombre de una calle del ensanche Evaristo Morales que la ciudad de Santo Domingo le dedicó en su honor.

 

Ingeniero de profesión y arqueólogo por vocación, De Boyrie De Moya dedicó su vida a demostrar, pieza por pieza, que la historia indígena dominicana merecía tanto rigor y tanto amor como cualquier otra disciplina científica.

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