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La identidad dominicana no es herencia, es decisión.

  • 19 jun
  • 4 min de lectura

Actualizado: 16 jul

¿Alguna vez ha cuestionado la idea de que la identidad cultural se hereda? Ese supuesto asume que la dominicanidad nace con uno, como el apellido o el color de ojos, que basta con haber nacido aquí, haber crecido escuchando cierta música y haber comido cierta comida para que la identidad quede asegurada de generación en generación, sin que nadie tenga que hacer nada al respecto.


Esa idea es cómoda. Y es, precisamente, el supuesto que más rápido está vaciando de contenido a la identidad que dice proteger.



El error del modelo hereditario


Pensar que la identidad como simple herencia implica tratarla como un activo que se transfiere automáticamente, igual que un patrimonio o un apellido, sin que la generación receptora tenga que invertir en ningún aspecto del proceso. Bajo ese modelo, la responsabilidad de "mantener viva" la identidad recae en el presente, no en el pasado... los abuelos la crearon, los padres la recibieron, los hijos simplemente la heredan. Nadie en la cadena actual tiene que decidir nada.


La antropología cultural lleva décadas documentando que esto no ocurre así. Eric Hobsbawm mostró que buena parte de lo que llamamos "tradición" no es una continuidad natural, sino algo construido y reactivado activamente por cada generación; Stuart Hall insistió en que la identidad cultural no es un hecho fijo que "ya está ahí", sino un proceso de producción constante, nunca terminado. Ningún rasgo cultural sobrevive por inercia. Una lengua que nadie decide hablar activamente se convierte en lengua de museo en dos generaciones. Un ritual que nadie decide sostener se convierte en folklore de feria. La identidad cultural no tiene un mecanismo de transmisión automática comparable al genético, pues cada generación tiene que decidir, de forma activa, seguir practicando lo que recibió, o ese rasgo se apaga, sin excepción y sin importar cuán arraigado pareciera estar.


Eye-level view of traditional Dominican food plate with rice, beans, and meat

La decisión como mecanismo, no como metáfora


Evocar "decisión" al proceso de apropiación de la herencia de identidad no es una frase inspiradora, es una descripción literal de cómo funciona la transmisión cultural en la práctica. Cada vez que alguien elige cocinar una receta familiar en lugar de pedir comida rápida, hablarles a sus hijos con determinado registro o cadencia, o asistir a una fiesta patronal en lugar de quedarse en casa, está ejecutando un acto de decisión, no de herencia pasiva. La suma de millones de esas decisiones individuales, repetidas con suficiente frecuencia, es lo único que mantiene viva una práctica cultural de una generación a la siguiente.


Esto tiene una consecuencia incómoda, si la identidad depende de decisiones activas y no de herencia automática, la responsabilidad de que sobreviva no es de "Cultura" como entidad abstracta. Es de cada persona, en cada generación, decidiendo si vale la pena seguir practicándola. No hay nadie más a quien delegarle esa decisión y tampoco hay ninguna garantía implícita de que la decisión se tome. El modelo hereditario ofrece una falsa sensación de seguridad, si la identidad "ya está garantizada" por haber nacido en determinado lugar, no hay urgencia en practicarla, transmitirla o defenderla activamente.



Close-up of colorful traditional Dominican masks used in Carnival

La juventud de hoy en día no es el problema


El modelo hereditario suele entrar en pánico ante el contacto cultural, el joven dominicano que consume contenido coreano, que dialoga en inglés con la misma fluidez que en español, que mezcla referencias globales con locales, se interpreta como síntoma de una herencia que se "está perdiendo".


Bajo el modelo de decisión, esa lectura está invertida. Néstor García Canclini documentó que ninguna cultura ha existido jamás de forma pura o aislada; todas se constituyen en el contacto y la mezcla, y eso nunca ha sido lo que las destruye. Lo que sí destruye una identidad es la ausencia de momentos en los que una persona, expuesta a mil referencias globales, decida activamente seguir practicando también las propias. El joven que escucha K-pop y también participa en una fiesta patronal no tiene una identidad debilitada, mas bien tiene una identidad ampliada, sostenida por decisión consciente en lugar de aislamiento involuntario. En la práctica, esa es una identidad más resistente, no más frágil, porque sobrevivió a la elección y no solo a la falta de alternativas.


Lo que esto implica para quien diseña política cultural


Si la identidad fuera herencia automática, la política cultural correcta sería de bajo perfil... documentar, archivar, dejar que el tiempo haga su trabajo. Pero si la identidad es decisión activa, repetida generación tras generación, la política cultural correcta es la opuesta. Debe crear deliberadamente los espacios, ocasiones y contextos donde esa decisión pueda tomarse una y otra vez.


Sin esos espacios, no hay decisión posible; sin decisión posible, no hay identidad que se sostenga, sin importar cuánto se hable de "nuestras raíces" en el discurso público. Esto no es un matiz semántico. Es la diferencia entre construir infraestructura cultural pensando en generar oportunidades activas de decisión (encuentros, prácticas, transmisión intergeneracional deliberada, sentido de pertenencia construido y no asumido) y construirla pensando únicamente en conservar lo que ya existe, dando por hecho que sobrevivirá por sí sola porque "es nuestra".


La pregunta que cada generación debe responder


Ninguna generación dominicana recibió su identidad terminada y garantizada. Cada una tuvo que decidir, en sus propios términos, qué de lo recibido valía la pena seguir practicando y qué transformar. Esa es la verdadera historia de la identidad dominicana, no una herencia que se desliza intacta de mano en mano, sino una decisión que se repite, generación tras generación, frente a alternativas reales y crecientes.


La pregunta que importa, entonces, no es qué heredamos. Es qué estamos decidiendo, hoy, seguir practicando y qué estamos a punto de soltar, sin haberlo notado.


Por: Efrain Raimundo


 
 
 

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