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Memoria en riesgo. La urgencia de preservar digitalmente el trabajo de nuestros pilares.

  • 10 jun
  • 8 min de lectura

Actualizado: 17 jul

Las tradiciones no desaparece de golpe... se erosiona, se fragmenta. Se olvida en un cajón, en un sótano húmedo, en un servidor que nadie actualiza. Y cuando finalmente alguien busca ese pedazo de manifestación de nuestra identidad, ya no está.



Lo que se apaga cuando se apaga una persona


Hay un tipo de muerte que no sale en las noticias. No es la del titular, ni la del homenaje póstumo con foto institucional y tres párrafos genéricos. Es la muerte silenciosa de la trayectoria, la de un antropólogo, un arqueólogo, un investigador que pasó cuarenta años caminando comunidades, entrevistando ancianos, excavando sitios, anotando en libretas que nadie más sabe leer, y que un día simplemente deja de estar... y con él, se va también lo que sabía y nunca llegó a convertirse en archivo.


No hablamos de una posibilidad lejana. Hablamos de una generación completa de investigadores dominicanos (muchos de ellos formados antes de que la computadora fuera una herramienta de trabajo, no digamos de la nube o del respaldo digital) que hoy tiene setenta, ochenta años. Una generación que investigó con los recursos que tuvo, publicó donde pudo, y que ahora empieza, uno a uno, a despedirse.


El problema no es solo que mueran, es que muchos de ellos se van dejando muy poco rastro accesible. Búscalos en internet y lo que encontrarás, en el mejor de los casos, es una fotografía borrosa, un nombre en una lista de premiados, una mención de tres líneas en una nota de prensa de hace quince años. No hay una biografía consultable, no hay una trayectoria documentada, no hay, muchas veces, ni siquiera una imagen digna de la persona que dedicó su vida a decirnos quiénes somos.

Y no es que no hicieran nada. Es que nadie organizó lo que hicieron.


Vista aérea de archivo digital con documentos históricos organizados

La identidad no muere de un golpe, muere por descuido


La cultura dominicana no se pierde en un incendio espectacular, ni en una catástrofe que aparece en primera plana. Se pierde por goteo. Se erosiona en cajones húmedos, en sótanos sin climatizar, en discos duros que ya nadie puede abrir, en ediciones agotadas de libros que una generación no interesada dejó de comprar hace veinte años. Se pierde, sobre todo, en la brecha entre lo que una persona sabe y lo que esa persona logra transmitir antes de irse.


Eso no es tragedia accidental. Es negligencia institucional. República Dominicana es uno de los laboratorios culturales más complejos y menos documentados del mundo. Tres civilizaciones superpuestas en una isla, idiomas que se fusionaron, religiones que se negociaron entre lo prohibido y lo tolerado, ritmos que nacieron del dolor y se convirtieron en identidad nacional. Todo eso existe. Pero existir no es lo mismo que perdurar. Y perdurar en el siglo XXI exige algo más que buena voluntad, exige estrategia digital, y exige que esa estrategia llegue a tiempo, mientras los protagonistas todavía están aquí para contarlo.


Hay una pregunta que el sector cultural dominicano lleva años evitando... ¿cuánto de lo que somos ya se perdió porque nadie tuvo el criterio de preservarlo a tiempo?



El costo específico de perder a un investigador sin archivo


Cuando muere un investigador sin que su obra haya sido debidamente digitalizada, no perdemos solamente una biografía. Perdemos algo mucho más concreto y mucho más grave, perdemos el acceso a lo que esa persona descubrió sobre nuestra propia identidad.


Pensemos en lo que normalmente desaparece con ellos:


  • Las fotografías. No solo las de la persona (que muchas veces ni siquiera existen en buena calidad), sino las que ella misma tomó en el campo, comunidades que ya no existen como existían, rituales que ya nadie practica igual, rostros de informantes que fueron la memoria viva de una tradición oral.

  • Los libros descatalogados. Investigadores que publicaron en tirajes pequeños, en editoriales que ya no existen, para una generación que en su momento no tuvo el interés (o el tiempo) de agotar la edición. Hoy esos libros son casi imposibles de conseguir, y las bibliotecas que los resguardan no siempre tienen los recursos para digitalizarlos.

  • Las notas de campo. El material más valioso y el más frágil, libretas, grabaciones caseras, correspondencia, borradores que nunca llegaron a publicarse porque no hubo presupuesto, tiempo o una editorial interesada.

  • La trayectoria misma. El recorrido de una vida dedicada a la investigación, que sin un registro accesible se reduce, con suerte, a una línea en un obituario.


No todos estos investigadores tuvieron el presupuesto para dejar una biblioteca digital propia. La mayoría, de hecho, no lo tuvo. Y ese es exactamente el punto, la preservación no puede depender de que cada investigador, por su cuenta, haya tenido la previsión y los recursos para digitalizar su propio legado o no. Esa es una responsabilidad institucional, no una carga individual.



Preservar sin renunciar al papel


Aquí conviene ser claros sobre algo importante... hablar de preservación digital no es hablar de sustituir lo físico. El manuscrito original, la fotografía en papel, el libro con dedicatoria a mano, tienen un valor que ninguna copia digital reemplaza. La urgencia no es digitalizar en lugar de conservar lo físico. Es digitalizar para no depender exclusivamente de lo físico, que es frágil, que se deteriora, que puede perderse en una mudanza, una inundación, un descuido.


Un archivo digital cultural no es simplemente pasar una foto a JPEG o subir un documento a una carpeta en la nube. Es construir un sistema de memoria organizado, consultable, fácil de entender y, sobre todo, sostenible en el tiempo. Eso implica:


  1. Un levantamiento por prioridades. No se puede digitalizar todo a la vez, ni tiene sentido intentarlo. Hay que identificar primero a los investigadores de mayor edad, las colecciones más frágiles, los materiales sin ninguna copia de respaldo. La urgencia biológica (quién tiene más años, quién tiene la salud más comprometida) debe pesar tanto como la urgencia académica.

  2. Formatos correctos. Alta definición, múltiples tomas fotográficas de cada documento o pieza, restauración digital de material deteriorado antes de que el deterioro sea irreversible. No sirve de nada digitalizar con prisa y con mala calidad; eso solo traslada el problema al futuro.

  3. Metadatos y catalogación. Un archivo sin sistema de búsqueda no es un archivo, es un depósito. Cada pieza necesita contexto... quién es la persona, cuándo y dónde trabajó, qué significa lo que descubrió.

  4. Protocolos de acceso. Preservar no es guardar bajo llave. Es garantizar que estudiantes, investigadores, y cualquier ciudadano interesado, puedan consultar ese material sin obstáculos burocráticos innecesarios.


Y hay una dimensión que no podemos pasar por alto, las voces históricamente excluidas de los grandes relatos nacionales (investigadores de comunidades afrodescendientes, del interior del país, de los bateyes, quienes documentaron prácticas sincréticas que el poder oficial ignoró o persiguió) son precisamente quienes corren mayor riesgo de desaparecer sin dejar rastro documental. Un archivo cultural serio no reproduce el sesgo de lo ya instituido. Lo desafía.



El Archivo General de la Nación, la mejor herramienta de historia digital de República Dominicana. Lo que ya existe (y por qué no basta)


Uno de los recursos más valiosos para conocer nuestra historia y cultura es el Archivo General de la Nación (AGN), que reúne fotografías antiguas, documentos históricos y obras literarias que reflejan la riqueza del Caribe y, en particular, de República Dominicana. Es un esfuerzo real y valioso.


Pero el problema no es la voluntad, es la infraestructura y el criterio. La experiencia en su portal web no es sencilla ni amigable, en buena parte porque la plataforma está alojada bajo el criterio gubernamental de la OGTIC y las limitaciones que impone la plantilla web institucional. Un recurso valioso, atrapado en una interfaz que desalienta justo a quienes más deberíamos estar consultándolo: estudiantes, jóvenes investigadores, curiosos.


Este es el punto exacto donde entra el trabajo de plataformas como Pangea, no para reemplazar al Estado en su responsabilidad de preservación, sino para actuar donde el Estado todavía no llega, con la urgencia que la situación exige.


Documentar el sincretismo religioso dominicano, el rol del colmado como institución social, o los mecanismos de transmisión oral en comunidades rurales, no es un ejercicio académico de lujo. Es trabajo de base para cualquier política cultural que quiera tener impacto real. Parte de esa labor ha sido, desde el origen, recopilar información que corre riesgo de perderse, sin esperar a que una institución grande decida que algo merece ser documentado. Actuar antes de que la pérdida sea irreversible es lo que diferencia a quien investiga con urgencia de quien archiva con comodidad.


Primer plano de pantalla con interfaz de archivo digital cultural

Soberanía sobre nuestra propia narrativa


No se trata solo de acceso. Se trata de soberanía cultural. Cuando nuestro patrimonio no está digitalizado, no somos nosotros quienes decidimos cómo se cuenta nuestra historia. Se la dejamos a quien tenga los recursos para hacerlo primero, y ese "quien" casi nunca somos nosotros.


Hay países del Caribe y América Latina que llevan más de una década construyendo repositorios nacionales accesibles e interoperables con plataformas internacionales como Europeana o la Digital Public Library of America. La pregunta incómoda es dónde estamos nosotros en esa conversación, y la respuesta, mientras nuestros investigadores más veteranos siguen despidiéndose sin que exista un protocolo claro para recoger su legado, no es alentadora.


La tecnología que hace posible resolver esto ya existe y ya es accesible, digitalización de alta resolución, repositorios de acceso abierto, archivos sonoros con geolocalización, plataformas interactivas donde las propias comunidades participan en la construcción de su memoria. La barrera ya no es técnica. Es de visión, de voluntad y, ahora mismo, de tiempo.


"No digitalizamos para conservar el pasado. Digitalizamos para no perder el derecho a narrar nuestro futuro."


Lo que esto exige de quienes gestionamos cultura


Quienes trabajamos en gestión cultural no podemos limitarnos a producir eventos ni a circular contenido en redes. Tenemos la responsabilidad de pensar en décadas, no en semanas; de construir sistemas, no solo actividades; de preguntarnos, cada vez que tomamos una decisión, si estamos dejando algo que valga la pena para quienes vengan después.


La preservación digital no es un departamento técnico. Es una postura epistemológica. Es decir que sabemos lo que tenemos, que entendemos su valor, y que no estamos dispuestos a que desaparezca por inacción.


Y hay una responsabilidad todavía más urgente que la de digitalizar libros o fotografías antiguas, la de sentarnos, mientras todavía hay tiempo, con los investigadores que siguen vivos. Grabar sus voces. Fotografiar su trabajo. Escanear sus notas. Pedirles que cuenten, con sus propias palabras, lo que descubrieron y por qué importó. Porque ese testimonio directo (esa trayectoria contada de primera mano) es la pieza más irremplazable de todas. Un documento se puede reconstruir a partir de copias. Una voz que se apaga, no.


El patrimonio que no se documenta, no existe


Existe una máxima en la gestión del patrimonio que conviene repetir hasta que incomode, lo que no está documentado, institucionalmente no existe. Puede que viva en la memoria de alguien. Puede que se practique todavía en alguna comunidad. Pero si no hay registro, no hay protección legal, no hay posibilidad de transmisión sistemática, no hay presencia en los debates sobre identidad nacional.


República Dominicana no puede seguir siendo un país que se siente orgulloso de su cultura pero invierte poco en hacerla perdurar. El orgullo sin infraestructura es nostalgia. Y la nostalgia, sin acción, es simplemente otra forma de olvido.


Un archivo digital no es el fin del camino. Es el piso mínimo desde el que se construye todo lo demás, política cultural, diplomacia patrimonial, educación con raíces, turismo con identidad. Es la base. Y las bases no se improvisan. Se construyen con método, con criterio, y con la claridad de saber que lo que hacemos hoy (o lo que dejamos de hacer) va a determinar lo que quede de nosotros cuando ya no estemos para contarlo nosotros mismos.


Una invitación, mientras todavía hay tiempo


A quien lee esto con formación académica... ya sabes lo que significa perder una fuente primaria irremplazable. Ayúdanos a identificar a quién hay que documentar primero.

A quien lee esto siendo joven y sintiendo que este tema es lejano... no lo es. Ese antropólogo que nadie fotografió bien es quien descubrió, quizás, por qué tu familia cocina como cocina, por qué tu barrio se llama como se llama, por qué cierta canción te suena a algo que no sabes explicar. Su trabajo es, literalmente, parte de tu identidad, y está en riesgo de desaparecer antes de que llegues a conocerlo.


La preservación cultural no es solo una tarea técnica. Es un acto de amor y compromiso con nuestra historia y nuestras raíces y, cada vez más, es también una carrera contra el tiempo. En Pangea seguiremos trabajando en expandir nuestro Archivo Cultural, abogando por la preservación de las ideas, la identidad y el legado de quienes han dedicado su vida a explicarnos quiénes somos. Pero esta no puede ser una tarea de una sola plataforma, ni de una sola institución. Es, con urgencia, una tarea de generación.


Por: Efrain Raimundo


 
 
 

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