La vaca, Origenes, Influencias y Consecuencias
- Make It Green
- Jul 23, 2020
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Updated: Sep 2, 2022
"Se dice que el perro es el mejor amigo del hombre, y sin duda es el caso, pero también la vaca ha sido una gran aliada de la humanidad. " Miguel Rubio Godoy

El ancestro de las vacas, llamados auroch o urus (Bos primigenius), era un animal mucho más grande, fiero e impredecible que sus afables descendientes.
De hecho, habitaron en Europa, Asia y el norte de África, pero hoy están extintos; el último ejemplar murió en Polonia en 1627. Se sabe por estudios paleontológicos que los aurochs evolucionaron en la India hace unos dos millones de años y de ahí se dispersaron por Medio Oriente y África, y alcanzaron Europa hace unos 250 000 años. Las distintas variedades de vacas que conocemos hoy en día, pertenecientes a la especie Bos taurus, descienden todas de los aurochs; por ejemplo, la vaca europea se originó de animales del Medio Oriente, mientras que la cebú proviene de aurochs que se quedaron en la India. Sabemos también que el hombre primitivo cazó aurochs, pues en Dinamarca se han encontrado fósiles muy bien preservados que muestran las marcas de las flechas que los mataron hacia el año 7500 a. C.
¿Cómo se dio la domesticación de los aurochs? Aunque no hay manera de comprobarlo, se piensa que algunos aurochs se acercaron a los asentamientos humanos para robarse algunas de las primeras plantas cultivadas y se quedaron en ellos, ya sea porque les gustó la facilidad con que obtenían comida, o porque fueron capturados y encerrados. El encierro y/o la cercanía con los humanos pueden haber resultado en los cambios en su fisiología y temperamento, lo cual permitió su domesticación. No sabemos cómo pasó la cosa, pero sí que sucedió unos 2-3 000 años antes de que se domesticaran los caballos, hacia el año 4000 a. C. Y después de la domesticación de las vacas, como suele decirse, el resto es historia.
Al igual que el can, este cuadrúpedo cornudo y variopinto nos ha acompañado desde la prehistoria; y quizá si las vacas no existieran, el mundo sería muy distinto de como lo conocemos. Se estima que hay 1,500 millones de vacas en el mundo y las usamos para cosas tan obvias como beber su leche, comer su carne y vestirnos con su cuero, o para algunas más indirectas como obtener gelatina o los medios para crecer células en cultivos in vitro.
Revisando la historia nos percatamos de que ya en la antigüedad se le daba gran importancia al ganado: desde las pinturas rupestres de Altamira y las vaquitas talladas en hueso que se han encontrado en excavaciones prehistóricas, hasta el lugar central que ocupaban los toros en los ritos y ceremonias de la cultura minoica, cuyas ramificaciones con-temporáneas y muy polémicas se siguen presentando en las plazas de toros de México y España. Pero aparte del valor simbólico, el ganado siempre ha tenido valor material: el que lo posee puede ser rico hoy y siempre. Tanto los ganaderos modernos como los pastores tradicionales del África oriental pueden tasar su riqueza en el número de animales que tengan. De hecho, el término “capital” se deriva del conteo de cabezas de ganado.
Una vaca que sin duda nos dejó un legado enorme tras su muerte fue “Blossom”. Esta vaca es famosa en la historia de la medicina pues de ella obtuvo el galeno inglés Edward Jenner la manera de prevenir una enfermedad hasta entonces casi siempre mortal: la viruela. A Jenner se le ocurrió que si infectaba a alguien con viruela vacuna, podría evitar la infección mortal con viruela humana. El conejillo de Indias que Jenner utilizó para probar su idea fue el niño de ocho años James Phipps, hijo de su jardinero, a quien primero le inyectó viruela vacuna y luego viruela humana. El relato completo del proceso al que afortunadamente sobrevivió James lo hizo Jenner mismo en 1798 en uno de los artículos científicos más importantes de la historia: una investigación sobre las causas y efectos de la viruela vacuna.
A pesar de las influencias positivas que nos ha dejado el legado vacuno, hay que reconocer que la cantidad industrial que se produce para consumir deja un impacto ambiental negativo.
Un reporte de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) de 2006 señala que la crianza y el mantenimiento de ganado contribuyen con el 18% del total de los gases de efecto invernadero del mundo. Agencias distintas a la FAO han declarado que, de hecho, la contribución de la ganadería a la liberación de gases de efecto invernadero es mucho mayor: cercana al 50%. La discrepancia surge porque es muy difícil hacer los cálculos, pues incluyen factores que no siempre es sencillo ni evaluar ni medir. Sin entrar en controversias acerca de la magnitud del impacto de las vacas y sus amigos de granja pues es indiscutible que sí tienen un impacto, es importante considerar por qué consumir ganado tiene un costo ecológico.
La ganadería genera gases de efecto invernadero de manera directa e indirecta. Empecemos por la cantidad de gases de efecto invernadero que emite una vaca, que puede medirse. Evidentemente, al igual que todos los animales aerobios, un bovino al respirar inhala oxígeno y emite dióxido de carbono (CO2), que es un gas de efecto invernadero y el principal villano del calentamiento global (los transportes al quemar combustibles fósiles también liberan CO2). Y no es difícil comprender que, al igual que con los coches y aviones, al haber más vacas circulando por el planeta, se libera más CO2. Pero las vacas, y otros rumiantes, aparte de CO2producen gran cantidad de gases que se escapan por ambos extremos del tubo alimentario. El gas más abundante es el metano, y tiene la característica de ser 23 veces más problemático que el CO2: un litro de metano guarda 23 veces más calor que uno de CO2. Afortunadamente, el metano tiene una vida media de unos ocho años, en contraste con el CO2 que dura casi un siglo.






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